Antes y después y ahora
Sentarse detrás del coche y dejarse llevar por el hueco que va haciendo en el aire. Porque el coche se mueve, claro.
Y ya llegó la Mujer y el coche lo he dejado en un parking de Cherbourg y no encontré manera de hacerme con aquellos paraguas encerrados en una caja de domingo de pueblo.
Y me vuelvo a ver borracho en las barbas del ministro mientras bailo con la abuela, pasillo sin respeto al alcohol que se ingiere para matar la vergüenza y ocupar las manos, sus caderas tan lejos en un salón que brillaba a través de los cristales de las copas, de los vasos, del iris ojo de pez.
Y de nuevo las imágenes confusas de una fiesta de despedida para tantos, de bienvenida para los menos; más alcohol para tirar barreras pero con las caderas cerca, las manos ocupadas...